Los atardeceres de los días cercanos al 21 de junio son mágicos en Cuatro Puertas.
Cuando el sol se tumba hacia las cumbres buscando la tarde, una rendija de sol se cuela entre los pilares de piedra de esta magnífica cueva artificial creando un fenómeno tan sencillo como grandioso. La luz del sol se va transformando en dos manchas de luz que recorren la sala de la gran sala hipogea hasta llegar a la pared oeste poco antes de que el sol se oculte tras las montañas.

Sólo sucede en un lapso de tiempo que va desde los días previos al solsticio de verano hasta la noche de San Juan (24 de junio). El resto del año, el interior de esta enorme cueva artificial que orienta sus enormes cuatro puertas (de ahí el nombre) hacia el norte no recibe un solo rayo del sol. No puede ser casualidad. Se trata de un fenómeno totalmente intencional metódicamente diseñado para anunciar la llegada del verano.
Aquellas gentes necesitaban controlar el paso del tiempo para organizar los trabajos de siembra y cosecha. Dependían de ello para sobrevivir.




